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24/04/2017
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Cómo convertir a un guardia civil en un héroe literario: el decálogo de Lorenzo Silva

Cómo convertir a un guardia civil en un héroe literario: el decálogo de Lorenzo Silva

Ni latiguillos, ni frases hechas. Lorenzo Silva habla construyendo estructuras sintácticas que conducen a una ordenada sinfonía de fluidez verbal y oratoria sin estridencias. Sobre literatura negra o policiaca, ajeno a fronteras ortodoxas, el creador de la saga de Bevilacqua y Chamorro, ofrece las claves, algunos de los secretos, de cómo convertir a guardias civiles en héroes literarios.

Lo primero: se trataba de alejarse de la visión del Guardia Civil “como personaje secundario, grotesco, siniestro” y nada más difícil que hacerlo si se recuerda el romance que escribe Federico García Lorca, el poeta más influyente en prosa castellana del siglo XX, “con el que resulta imposible empatizar” y que arranca así:

Los caballos negros son.
Las herraduras son negras.
Sobre las capas relucen
manchas de tinta y de cera.
Tienen, por eso no lloran,
de plomo las calaveras (…)

Subraya Silva: "Es un héroe que es un profesional, un tipo normal, que practica un trabajo como cualquier otro y que lo hace en un entorno español con naturalidad, alejado de complejos". Bevilacqua, natural de Montevideo, cincuentón, ya sin acento sudamericano, es un investigador criminal. No, desde luego que no es Clint Eastwood ("lo visceral está muy bien para ‘Harry el sucio’"); no resuelve la Justicia a su antojo, con su propia ley. “Tampoco resuelve los males de la sociedad, ni los neutraliza, ni los encierra. En un Estado de Derecho reúne pruebas que entrega a los jueces con leyes aprobadas por los parlamentos”, remarca Silva en la última entrega del ciclo ‘Etiqueta negra’ hasta su regreso en otoño. Estos encuentros, organizados por La Térmica de Málaga, lo capitanea Teodoro León Gross, articulista del diario ‘El Mundo’. Cuentan con el asesoramiento de Juan Antonio O' Donell, que fue inspector jefe del Cuerpo Nacional de Policía.

Hay que convivir -al principio- con la repulsa de ciertos lectores, en un experimento sociológico que para Silva (de la añada de 1966) es semiválido. Al menos una decena de personas que luego se han convertido en lectores fieles reconocen que entraron en la librería y le dieron la vuelta al ejemplar. Vieron que la historia trataba de un Guardia Civil y lo volvieron a dejar en la mesa de novedades. No sabían ni cómo estaba escrito, pero no se podían imaginar que ahí podría estar un héroe, que también es un antihéroe. Había distancia.

En esa primera novela que en cierta manera fue experimental, su particular ‘Ulises’ de Joyce, como ha declarado en alguna entrevista, no vio todas las posibilidades que le ofrecía el personaje, que ya marca un rumbo definido en el literatura ‘noir’ como el Toni Romano de Juan Madrid o el mítico Pepe Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán, el Julio Verne de la novela negra española.

No concebía en 1995, aquellos 34 días en los que escribió la ficción inaugural de Bevilacqua & Chamarro, que ‘El lejano país…’ daría paso a una serie. Silva ya llevaba por aquel entonces 12 años escribiendo novelas. Había tirado unas cuantas a la basura. Ya en el arranque de este siglo o incluso hace menos (una década, como precisa) tuvo claro que la novela más importante que escribiría, la que supondría un proyecto literario de largo aliento, en marcha, sería la de estos dos agentes de la Guardia Civil.

Género híbrido con relato de viajes

“Un buen personaje representa una realidad y la realidad podría trascender más allá del personaje y no estar confinado en los tópicos. Bevilacqua tiene muchos materiales y está muy definido, cuenta con una historia personal previa y está o llega a los sitios por accidente: tendemos a crear que es por programación. Las biografías están llenas de accidentes que coexisten con una vocación”, cuenta Silva, que tilda su serie de “género híbrido, una mezcla entre novela negra, policial y relato de viajes”. “A la larga”, explica, “me ha resultado muy interesante que los protagonistas no estén implantados en un territorio, sino que pertenezcan a una unidad central. La investigación siempre es un viaje”.

En ‘Donde los escorpiones’ (2006) Bevilacqua y Chamarro están 6.000 kilómetros lejos de España. Afganistán. Base de Herat. Hay que saber qué pasó con la muerte de Pascual González, un militar español. Hablan/dialogan/interrogan/ con la viuda, en Sevilla, antes de que empiecen a calentar los cuatro motores turbohélices del Hércules del Ejército del Aire y el sargento se ponga su boina (que él considera ridícula) de ‘boy scout’. Es su primera misión internacional y se despide de su hijo, de su amiga, su madre. Aventura trufada de citas literarias: desde Kafka a Thomas de Quincey hasta héroes televisivos como Orzowei o el brillante publicista y hombre de pasado lleno de enigmas de Don Draper, el protagonista absolutísimo de ‘Mad Men’, quizá una de las mejores series de televisión de todos los tiempos.

El héroe literario desconoce el terreno. Tiene que llegar y preguntar a los que saben; va de un lado a otro y busca apoyos. La limpieza de mirada del viajero, del forastero. Con un apellido extranjero y habiendo nacido en Montevideo “no tendrá una existencia normalizada en España; él bromea sobre eso y le ayuda a tomarse la cosas con una cierta distancia”.

"Cuanto más viajas te das cuenta que lejos de hacerte más consciente, seguro y aplomado tiene más dudas y cuestionamientos de tu propia realidad”

El viaje no focalizado como descubrimiento del lugar (no hablamos de turismo y mucho menos del de masas), sino como un redescubrimiento personal, con esas otras formas arquitectónicas, de vivir el ocio. “Cuanto más viajas te das cuenta que lejos de hacerte más consciente, seguro y aplomado tienes más dudas y cuestionamientos de tu propia realidad”, admite este devoto admirador de Raymond Chandler. “Soy lector de novela negra americana y escribo este género por su culpa”.

Silva aún no entiende cómo hasta 1998 la Guardia Civil no atesoraba un suficiente atractivo literario para los escritores. “La realidad es suculenta”, aclara. Y le parece “alucinante” cómo el gran público pensaba que la Guardia Civil no investigaba. Y ofrece datos: lo ha hecho desde 1844. Resolvió casos como el asesinato del presidente Eduardo Dato (1921) o el crimen del expreso de Andalucía (1924). Y alguna descoordinación con la Policía con resultados fatales: la investigación del ‘caso Wanninkhof’.

Huida de personajes arquetípicos

El escritor, que incorpora en sus tramas la diversidad geográfica y maneras de vivir que existen en España, huía de personajes arquetípicos, estereotipados. Le apetecía jugar y probar con perfiles novedosos, no con tipos permanentemente alcoholizados que después del interrogatorio se ponen delante de la pantalla del ordenador a transcribir los informes. Esa parte no se refleja tanto en sus novelas. “No es literaria ni interesante para la acción”.

Guardias civiles que cuentan en gran medida con un trabajo al mismo tiempo rutinario y de protocolo. Se les exige disciplina, con manejo de categorías racionales, sin poder obrar a su libre albedrío. “Están sometidos a la legalidad, incluso para saltársela, pero tienen que saber en qué medida se la están saltando. Y son otros los que deciden. Si el aparato probatorio está mal, todo el trabajo hecho no servirá para nada”.

También es cierto que en la investigación criminal existe una cierta dosis de autonomía y cuota de creatividad. Incluso puede haber cabida para ideas estrafalarias que se exploran. Eso lo ha comprobado Silva con varios jefes de la UCO (Unidad Central Operativa) de la Guardia Civil. “Me comentan que las investigaciones las lleva su equipo; 'a mí me cuentan lo que hacen, pero no me meto en su trabajo', aseguran. No saben la cantidad de matices que puede haber sobre el terreno”. Bevilacqua ya aprendió una lección: “Nunca subestimes a los que patrullan el terreno y, sobre todo, nunca dejes de contar con su ciencia y su criterio antes de un movimiento comprometido”.

La decisión de convertir en mujer a la pareja profesional de Bevilacqua fue su decisión "más lúcida y afortunada"

Chamorro ya es jefa. Y eso supone un salto adelante. Y considera que la elección de una mujer como pareja profesional de Bevilacqua se convirtió en la “decisión más lúcida y afortunada” de la serie. “Cuando empecé a escribir las novelas apenas llevaban cinco años en el Cuerpo”. Tras nueve novelas y lejos del maniqueísmo (“en la Guardia Civil también hay corruptos y criminales”), dice que si perteneciera a la ‘Benemérita’ no leería ficciones de la Guardia Civil, igual que no devora novelas de abogados. Silva ejerció durante una década de letrado en consultoras y multinacionales.

Bevilacqua como antihéroe. “Es Guardia Civil por accidente; no es un triunfador, ni es su vocación. Es suboficial. Las grandes medallas son para otros, los que encabezan los equipos. Es un tipo desubicado y que lo ha aceptado así. Es un extranjero en su propia vida. En la Guardia Civil ni le comprenden, ni le quieren comprender. Yo creo que la gran aportación, por encima de cualquier otra, es el arquetipo cervantino y quijotesco. Mi Sancho Panza puede ser una mujer que da unos matices, pero nada más. Todo lo demás estaba en Cervantes”.

“Para hacer algo fácil está cualquiera. Quería meterme en el charco. Jugármela. Irte donde te puedes abrir la cabeza. Si no, no vayas. Yo entonces no ganaba un céntimo con la literatura. Hacía lo que me daba la gana literalmente como escritor. Ahora también lo hago. Quería jugármela de verdad, intentar hacer lo que no se había hecho”.

Lorenzo Silva guarda presente las palabras que contaba Eduardo Chillida en ‘Elogio del horizonte’: “Siempre pienso en algo que no sepa hacer”.