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25/03/2015
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«Lo que más me llena es haber cumplido con mi deber»

«Lo que más me llena es haber cumplido con mi deber»

Serafín Villanueva está hecho un dandy. No ha perdido la coquetería de la que siempre hizo gala, y tocado con un sombrero se atusa la corbata mientras su hija Alegría le ajusta el chaleco y la chaqueta para que luzca en las fotos como un pincel. Sonríe beatíficamente y sus ojos claros conservan un brillo audaz. Es el guardia civil burgalés más veterano: el 10 de abril cumplirá cien años este hombre nacido en la aldea hoy desaparecida de Riosequillo, en el Valle de Manzanedo, cuando sólo había burros y carretas, cuando el impresionante monasterio de Rioseco, pegadito a su aldea, no había sido todavía expoliado. Cómo sería que Serafín ofició muchas veces como monaguillo en él. Tanto tiempo ha pasado. No olvida aquella juventud en que, a lomos de su bicicleta, se llegaba hasta Villarcayo para jugar a los bolos de tres tablones, una de sus pasiones. O a bailar con las mozas cuando había fiesta.

«Ha cambiado todo mucho, ya lo creo que sí», concede el venerable anciano, que lleva a gala haber servido al Instituto Armado; tanto que todavía hoy es el día que asiste siempre que puede a actos y celebraciones, y eso que el retiro le llegó, con el grado de teniente, en el año 1968. «Lo que más llena es haber cumplido con mi deber. Fui muy feliz, nunca tuve problemas ni con superiores ni con la gente que estuvo a mi cargo», subraya Serafín Villanueva. 

Conserva una espléndida memoria; tan buena, que a veces ramifica su discurso e hilvana un recuerdo con otro, ofreciendo datos precisos, imágenes vívidas de su pasado, tan nítidas como si hubiesen acaecido hace unos días y no hace tres cuartos de siglo, por ejemplo. Fue la suya una vida dura, de mucho esfuerzo y trabajo, dice, y tiene claro que los peores momentos fueron los padecidos durante la Guerra Civil, toda vez que estuvo en algunos de los frentes más duros de la contienda. 

Fue subjefe de Falange, dirigió centurias y estuvo en Somosierra, Extremadura o elEbro, siendo en este último, en el Monte Trapero de Guadalajara, donde Serafín vivió los peores momentos, con terribles combates de madrugada. «Fue muy duro. Lo peor. Aunque uno intenta sobreponerse después y olvidarlo. Hubiese preferido no vivir la guerra. No matarnos entre hermanos. Yo perdí a uno. Es lo peor que puede suceder». Él mismo resultó herido en una rodilla, pasando su convalecencia primero en Zaragoza y después en Bilbao.
 
Los destinos.

Concluida la contienda, entró en la Benemérita. Su primer destino fue Miranda de Ebro. El primero de muchos.Le seguirían Lerma, Quintana Martín Galíndez, Quintanas de Valdelucio, Viavélez y Mieres (Asturias), Burgos capital, Valverde de Júcar (Cuenca), Cuenca capital, Melgar de Fernamental, Madrid, Hecho (Huesca) y nuevamente Lerma, donde, a los 53 años, causó baja en activo servicio con el grado de teniente. «He dado muchas vueltas y he tenido que pelear mucho en la vida. Pero he sido honrado, trabajador y recto y creo que eso siempre me ayudó mucho».

Si el servicio prestado en la Benemérita es su gran orgullo, no lo es el principal: ese lo compone su núcleo familiar. Su mujer, Aquilina, natural de Zangandez, en el Portillo de Busto, y sus tres hijas: Amalia, Elena y Alegría. Dice que ha sido un buen padre y que siempre dejó hacer a las niñas. Alegría le contradice entre risas. «¡Pero si ha sido siempre rectísimo! No le hagas ni caso. ¡Menudo era!».Serafín sonríe con mirada traviesa y cómplice. Alegría también. Ambos se acarician con ternura. Cien años cumple Serafín. Toda una vida.